#0. La Sigil
Empecé a ver la marca un jueves por la tarde. Quizás era invierno y quizás yo tendría 10 o 12 años. Tiene bastante sentido eso.
Esa tarde del año 84 estaba sentado en los contrapesos de hormigón armado de una canasta de baloncesto. Tenía un balón de goma Mikasa de color blanco azul y rojo y tenía fiebre. Eran las 6 de la tarde y sentía escalofríos, fui consciente de que me estaba poniendo malo. El aire frío, quizás fuera otoño ya, y no iba abrigado. Tenía la frente húmeda del sudor y las mejillas encendidas.
Aún no sabía lo que era arder en llamas y mirarlo todo y ver el universo entero en combustión en naranjas y azules. Pero todo llegaría y aquella tarde fue el inicio de todo.
Recogí y me volví a casa.
En el camino de vuelta solía bajar por una calle flanqueada por unos árboles de corteza fina y clara, castaños de indias. Aquella tarde encaminé mis pequeños pies ortopédicos acera abajo. Me crucé con una anciana, vestida de negro, pelo recogido, un pañuelo. Ella me “miró” y yo la “miré” y la vi. Llevaba la marca.
La Sigil la rodeaba como una fina capa de distorsión y esa extraña sensación de vacío y de intercambio me inundó de arriba a abajo.
Siempre hay un intercambio, se produce una transferencia entre las marcas. Es una sensación extraña porque empieza como si te estuvieran aspirando y termina con una brisa que te llega y te cubre.
Yo no lo sabía entonces pero, mucho tiempo después y con toda mi poca humildad, me di cuenta que yo también estaba marcado, porque cuando yo los reconocía era porque ellos también me veían. Y todo empezó a complicarse como un maldito fractal.
No es muy común ver la marca. Y no todas son iguales, no sabría explicar el porqué. Los niños pequeños no la llevan, o al menos no la veo. Quizás es porque todavía son inocentes. Pero ellos si que la ven, aunque es algo que no podría asegurar y nunca me quedó claro.
Durante años no me preocupé en mirar, simplemente la veía de vez en cuando, te cruzabas con alguien, intercambio, y seguías. También es verdad que cuando uno es joven no es consciente de las cosas. Ni nos preocupamos por entender el porqué. Suceden y ya está.
Pero no, todo sucede por algo, y todo tiene un sentido, secreto o no, pero lo tiene. Y las cosas se hacen con un fin y el azar no existe. Los engranajes del destino giran y giran y la Rueda nos lleva como una gigantesca noria por caminos que sólo las estaciones conocen. Y Dios se nos cruza todas las mañanas en la puerta y allí nos susurra al oído nuestro día. A de los inconscientes que no quieren ver ni escuchar, porque el caos y la discordia se los comerá en sueños, y en esos callejones oscuros que pueblan el corazón de los hombres los devorarán como si fueran indefensos terneros.
La marca me acompañó día y noche durante años sin yo saberlo. Y entonces fue cuando una primavera cualquiera de esos años de vagabundeo abrí los ojos y miré, puse el oído y escuché.
Y todo lo que vi era hermoso y secreto, mágico y sagrado.
Sabéis qué hice entonces? Mirar y vagar.
Me sentaba durante horas, en paseos y avenidas, y miraba vuestras caras, o simplemente caminaba por ciudades desconocidas y en cada esquina me dejaba llevar porque todo era nuevo y el destino está en todas las cosas y si siempre haces lo mismo es porque tienes miedo. Y yo no quería ser un cobarde.
Entonces me fui a vivir al otro lado, a vivir en el percentil 0.1 como lo llamé. A ir al cine a la sesión de la 1. A levantarme a las 3 de la mañana y a perderme en la cafetería de alguna apartada gasolinera. A dar vueltas sin sentido por esa parte de la vida donde no hay mucha gente y donde los que te encuentras no suelen estar allí porque quieren.
Sabéis a qué me refiero verdad? A ser un fantasma, a ser transparente y no dejarse ver. A ser esa sombra que no piensas que exista. Pero cuando te sientas en una mesa y viene una sombra y te trae un café, miras a la otra punta y ves otras sombras mirando por el ventanal que da a la autopista contemplando las luces y viendo pasar los coches te sientes como en ese cuento de scifi de los vampiros nocturnos.
Cuando eso sucede muchas veces puedes hacer dos cosas, sonreír y entonar canciones por lo bajo o volverte loco e irte a pasear a las montañas de la locura, para siempre.
Ahí es donde demuestras de qué pasta estás hecho.
En ese vivir en penumbras y sombras la marca brilla como una constelación de novas radiantes y el fulgor es como un amanecer post apocalíptico. Es tan hermosa que a veces lloras, o un exceso de adrenalina te sacude la columna de arriba a abajo y cuando sales fuera tienes que morderte la lengua para no gritarle a la noche y de la fuerza de mantener los puños cerrados te dejas las marcas en las palmas.
Me dediqué a perseguirla en mi nueva vida en el percentil 0.1. Miraba y de vez en cuando la veía, en la otra acera, una señora de frente, una chica de pie en el metro cogida a una barra, en sueños. Veía gente marcada y me preguntaba que significaba todo aquello y porqué algunas marcas me daban miedo y otras me hacían sentir como un niño. Algunas personas te devuelven el mirar y sé que estaban tan perdidas como yo porque nunca nadie se me acercó y me cogió de la mano y me dijo: “no temas, te voy a contar una historia”
Hasta este último otoño.
La historia que les voy a contar no deja ser una historia y esto no deja de ser un torpe prólogo del universo que está en el otro lado de palabras tan cercanas a mí como puedan ser desesperación y caos, sueños y arrebol.
Empecemos.
